Caída libre en Europa

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Se acaba de publicar en Italia un libro sobre los indicios cada vez más evidentes de su declive. Pocos años antes Francia había vivido el gran éxito editorial de dos obras de muy distinto signo, pero que apuntan hacia el mismo final: la de Nicolás Baverez sobre la decadencia francesa, y las conversaciones de Ratzinger con el periodista Peter Seewald. Aunque también en las reflexiones de Ratzinger se apuntan datos y razones sobre la decadencia del occidente europeo, son esos otros dos, el italiano reciente y la Francia en declive de Baverez, los que intentan justificar en datos económicos y sociológicos que nos encontramos, salvando la grosería de cualquier paralelismo histórico, ante estadio semejante al que acabó siendo conocido como la caída del Imperio Romano.

La tendencia de una cierta bibliografía, que consigue arrastrar enormes cotas de lectores, está apuntando hacia el que podríamos denominar el “catastrofismo histórico”. Un cierto gusto morboso entre el público lector podría justificar en parte el éxito. Pero, como ocurre con la literatura de ciencia ficción, cuyas premoniciones la tecnología va cumpliendo de forma taxativa, algo de agua habrá en el río cuando de forma tan persistente se oye su rumor. Quizás por eso cierto discurso político se está abriendo paso en algunos foros con el aval decidido de una gran parte de la opinión pública: la manera en que la evolución del Estado de Derecho hacia un Estado social y democrático ha pretendido resolver los problemas de la participación política y de las necesidades materiales de sus ciudadanos ha entrado en crisis con la globalización y las migraciones.

Bien es cierto que más que del final de Europa deberíamos hablar de los sucesivos finales de sus modos de ser, ya que las tierras no mueren, si no es por causa de un cataclismo universal. En cambio, las distintas fórmulas civilizatorias que ha ido adoptando occidente le han permitido convertirse de forma recurrente en el objeto de deseo de los que venían de fuera anhelando realizar un sueño, y han significado al tiempo y casi siempre el final de un tiempo, de un modo de hacer, de una cosmovisión incluso. La gloria como método de extinción, morir de éxito como gran paradoja del paradigma de progreso. Ya casi nadie mira hacia Europa como referente cultural, científico, tecnológico, pero me pregunto si alguna vez hemos hecho (y debido hacer) otra cosa que dotar al mundo occidental de sus señas de identidad.

Como es sabido para quien haya dado un somero paseo por la historia, declive significa también renovación, y al fin y al cabo los períodos históricos, las edades, las eras no son más que etiquetas que ponemos con mayor o menor pretensión científica para ordenar aludes de datos concretos y cotidianos. Pero lo cierto es que, como ya sucedió en otros momentos, el discurso político y filosófico anuncia desde hace un tiempo que algo se acaba. Y ahora, además, libros aportan datos concretos sobre la entrada decidida de Europa en (una nueva) caída libre.

Varias instancias pueden darnos, en la periferia de la económica, razón de tal declive. El libro italiano tomaba en consideración, entre otros, el mundo universitario. La Universidad, a la que estoy unida casi desde siempre, ya no es el reducto donde la intelectualidad pretende con buenas capacidades, mejor intención y pocos medios, la revolución permanente de las ideas. Arrastrada por el deseo creciente de seguridad, se han ido instalando entre sus docentes, los aprendices y profesionales del funcionariado público, cuyo único deseo es asegurar la plaza, el sueldo, y una incontrolada capacidad de hacer novillos. Se quejarán mis colegas que no encajan en esa descripción, pero no van con ellos la crítica, y reconocerán, si se sinceran, que ése ha sido el triste final del sueño que vivimos.

En el ámbito francés, en cambio, la radicalidad del pesimismo apunta hacia otro lado. No critica Baverez sobre todo la acomodaticia voluntad de ser funcionario público que se ha ido haciendo fuerte en el pensamiento de los jóvenes franceses desde hace décadas, sino la política de neutralidad que en el ámbito de los valores ha llevado a Francia a dar la espalda a una evidencia. Desde los años de su más famosa revolución han pretendido sustituir su sustrato religioso por una religión laica de la ciudadanía, y cada nueva vuelta de tuerca desde entonces no ha sido más que propiciar que el fruto maduro caducase. Y cayese al fin.

Algunos detractores de la obra de Baverez la tildaron de oportunista por pretender adjudicar a Francia unos defectos que en realidad son de toda Europa, y por su defensa mal disimulada de un claro regreso al neo-liberalismo. Nada vuelve, como fue, pero en algo creo que tienen razón los detractores: más que otra cosa, Francia puede ser un paradigma. Se puede usar también para analizar el modo en que la política ha dejado de ser un arte y se ha transformado en un oficio. Sin hablar de nada ni de nadie en concreto, podríamos convenir que una sombra pesimista se cierne sobre Europa, y sería el primer paso para disiparla.

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