Civismo primigenio
Imprimir | EnviarCon gran acierto calificó este diario hace algunos meses a Alberto Fernández Díaz, actual candidato popular a la alcaldía de Barcelona, de “ciudadano primigenio”, recordando lo que algunos parecían empeñados en olvidar, que el debate sobre el bilingüismo en Cataluña había sido abordado mediática e institucionalmente por algunos mucho tiempo antes del nacimiento de formaciones políticas “ad hoc”, sin hacer de ello única bandera, ni combate exclusivo, simplemente presentándose ante todos como lo que en realidad son, sujetos que viven en una comunidad que se maneja de forma fluida y cordial en dos lenguas, a pesar de la beligerancia de algunos políticos por romperla. Él hace, y no por adoptar tal o cual imagen, un uso alternativo del catalán y el castellano. Perdonen que nos salga así a los que, por una razón o por otra, tenemos en el tema “el corazón partío”
Ese ciudadano primigenio ha estado lanzando también desde hace tiempo y gracias a su altavoz municipal algunas propuestas con las que atajar la creciente situación de incivismo que vive Barcelona gracias a la ayuda sorprendente de sus gobernantes. El tiempo ha demostrado que aunque al principio fueron recibidas con burla, escándalo o indiferencia, ahora deben integrar la agenda política municipal por la básica razón de que son las que interesan a la gente. Unas preguntas sencillas: ¿aceptaría Vd. que un inmueble que tiene cerrado, porque no se fía de cobrar el alquiler si lo arrienda, fuese ocupada por “artistas” sin local?, ¿comprendería el devalúo que en su vivienda produciría que en la contigua se instale una trouppe circense? ¿se sentaría en el banco en el que lo ha hecho previamente un individuo desnudo?, ¿le parece bien que se apareen una prostituta y su cliente a cualquier hora del día en, por ejemplo, el portal de una escalera?, ¿tiene usted ganas de seguir la fiesta que se organiza en un lugar poco insonorizado desde la muelle atalaya de.. su propia cama?, ¿comparte que las plazas y calles más emblemáticas de la ciudad se conviertan en ducha improvisada, urinario de urgencia o lecho deplorable de huidos de la mano dura del resto de Europa? Esa Barcelona convive junto a la belleza galáctica de la Torre Agbar, desde la que la televisión pública catalana recibió el año 2007 hace unos días, casi los mismos en que se hundían cuatro plantas de la T4 en Madrid por el peso del consabido “regalo de Navidad” de un grupo de lo que algunos ya llaman “no-personas”. Una mezcla, perdonen la frivolidad, surrealista.
La incidencia legislativa que en las conductas ciudadanas tienen los poderes municipales es, por supuesto, relativa, ya que sancionar penalmente es competencia del Estado, y las multas administrativas dependen de una legalidad cuanto menos autonómica. Más importante que la competencia normativa es el ánimo con el que se aplica la ley, y la permisividad que se administre en cada supuesto. A esa actitud no es ajena la perceptible connivencia de los gobiernos estatal, autonómico y local de tan parecido color político, todos ellos subyugados por el ideario archisabido de la izquierda, que sobre la base nunca contrastada de que cada cual no es más que sus circunstancias, no se atreve a condenar a quien opta por la suciedad, el abandono, el relativismo moral o directamente la violencia contra otro, más que en “casos correctos”, como lo es la de género. Sólo en ésta se atreven a negar el condicionamiento conductual, y, si existe, no modera la sanción, justificándose que, como apuntaba valientemente la magistrado Sanahuja, se castigue con nueve meses de cárcel al que abofetea a su mujer (entendido el posesivo “su” en un sentido amplio), mientras en río revuelto del automatismo se acaban colando también casos de error, iniquidad o fraude, en tal grado que provocan cuestionar la propia ley.
Pero a lo nuestro. Ocupas, nudistas urbanos, profesionales de toda Europa duchos en la manifestación con bronca, o “sin techo” de plaza fija con basura anexa empiezan a preocupar a la gente, lo quieran o no los gobernantes. Ahora el ciudadano primigenio ha lanzado a rodar otra pregunta, también con escándalo colateral: ¿nos preocupará la “burka” musulmana sólo cuando sea mayoría en ciertos barrios que, lo acepte o no el nuevo alcalde, son ya ghettos donde nadie cuestiona la exclusiva rotulación de los negocios en una cuarta lengua? ¿O intentaremos afrontar ese debate de forma no infantiloide un poco antes? Vayan por delante mi absoluta fascinación irracional por otras culturas y mi racional admiración por algunos de sus valores, perdidos de vista por exceso en nuestro occidentalocentrismo. Pero las megalópolis precisan un orden para sobrevivir, y de los modelos comparados prefiero las ciudades que merecen el nombre de “ordenadas” a las que emulan el caos con instinto suicida. Observemos que en aquéllas su consistencia requiere establecer los propios signos de identidad y no tratarlos homogéneamente con el resto. La integración no pasa, como demuestra el fracaso (y el declive) francés por negar la realidad subyacente, sino por determinar en qué bando de la cancha estamos y por persuadir al otro de que es imprescindible que acepte las reglas del juego. Yo llamaría a esa condición “civismo primigenio”.



