En la sombra del lunes
Imprimir | EnviarLeón de Aranoa dirigió en 2002 la premiada Los lunes al sol, una película sobre los efectos sociales y psicológicos que la reconversión industrial de finales de los 80 tuvo sobre aquellos trabajadores cuya edad no les permitía ni reubicarse, ni encarar con resignación el final de la vida, al amparo de una exigua pensión. Trabajadores que, atenazados entre la dignidad herida y la crudeza de la realidad, tomaban el sol los lunes como si fuera domingo, en eternos novillos, mientras veían a los empresarios vender el suelo de las fábricas a precio astronómico y cambiar los sudores de la gestión por el rédito fácil de un capital obtenido en la especulación.
La reflexión de Aranoa vale también hoy, pero múltiples matices introducen sombra junto a ese sol del lunes, y hacen menos lineal el discurso maniqueo sobre buenos y malos en este confuso principio de siglo. Ahora no son sólo los reajustes internos de la economía española, sino también los provocados por la globalización, los que provocan cierres y deslocalizaciones de empresas, que afectan a los trabajadores, con el añadido de que ahora los índices de paro son mucho menores que hace una década. Por el contrario, crece la adopción de técnicas de contratación que son tradicionales en otros países, con una enorme movilidad y rotación de los empleados, una escasa formación continuada en la empresa como efecto de esa movilidad y de otros factores externos, y con una tendencia natural de los que todavía se mueven en los parámetros de la estabilidad, a buscar ese tipo de empleo en el que uno se puede perpetuar hasta la muerte, la función pública. Más que hablar de paro, ahora tenemos que hablar de funcionarios, de inseguridad en las condiciones laborales de los que no lo son, y de falta de formación para las actividades, públicas y privadas.
En ese panorama se hace por fin posible un discurso que aborde el problema también desde la perspectiva del empresario, pues, en metodología hegeliana, por él existe el obrero. En cambio, durante décadas el discurso marxista sobre la plusvalía ha hecho imposible tratar con la mínima justicia algunas posiciones numantinas de una parte importante del empresariado español, en particular, y por ser aquello que conozco más de cerca, del empresariado catalán. Ha ocurrido con ellos lo que ocurría con la policía: posiciones de abuso generadas en contextos políticos no libres se han querido extrapolar a contextos democráticos, como se ha hecho con la propia lucha obrera. Pero la situación en un contexto de mercado libre, gobernado por unas reglas de juego dictadas democráticamente, es otro. Sin la policía no sería posible hoy la salvaguarda de los derechos fundamentales de las personas. Sin los empresarios, y por supuesto, sin los trabajadores que arriman el hombro en sus empresas, no habría sido posible el crecimiento económico de Cataluña, un crecimiento que, a mi juicio, estamos empezando a dilapidar a ritmo frenético. Nos excusa y disimula el contexto exterior que antes he mencionado y alguna cosa más que paso a analizar.
Incluso la prensa generalista se ha hecho eco desde hace unos días, del dato económico de que en la última década el valor de los inmuebles en España ha crecido una media del 130 por cien. Sólo arriesgadas operaciones bursátiles, la lotería o el delito pueden darle al dinero tan importante rentabilidad en tan poco tiempo. Su pertinaz colocación en ladrillos se justifica, como es conocido, en una mezcla explosiva: la tendencia cultural española (y de cierta inmigración) a la vivienda de propiedad, combinada con la escasez de parque inmobiliario de alquiler a precios asequibles; el uso de España por el turismo extranjero como destino principal para la segunda residencia; la conciencia generalizada de que la “cultura del pelotazo” más disimulada es la de la construcción; la utilización de las maniobras urbanísticas municipales para beneficio personal y para la financiación de los partidos políticos; y, para acabar de redondear el problema, el precio del dinero. Si a ello añadimos que las inversiones extranjeras en inmuebles en España continuarán mientras sus principales plazas tengan piezas con precios inferiores a los de París, Roma, Londres, Nueva York o Tokio, convendremos que este mapa no hay política económica bienintencionada que lo resista.
Si todo esto es una burbuja y estallará, es diagnóstico que deberían acertar los expertos, pero por lo pronto, ya tiene efectos sobre el todo y la parte antes de disolverse: ¿Qué empresariado catalán asumirá la defensa heroica de un modelo en el que parece no creer nadie? El trabajador prefiere ser funcionario; el discurso oficial no le apoya ni siquiera en la configuración de un sistema impositivo favorable; la competencia de los mercados exteriores es devastadora; y por el precio de los terrenos en los que ubica su empresa le pueden dar tanto dinero como el que él y dos o tres generaciones no serían capaces de ganar trabajando. Es lógico que en ese contexto se produzcan discusiones en algunos grupos familiares que, desunidos, pierden así una fuerza imprescindible.
Habrá más lunes al sol para el obrero, pero a su sombra se está gestando, con la colaboración de todos, la peor erosión: la de la fe empresarial.



