La filantropía y el Estado
Imprimir | EnviarQue el Estado social europeo está en crisis es una obviedad, que sólo podrá ser salvada en la medida en que la gestión de una inmigración prolífica transforme los contingentes de ilegales en ordenados contribuyentes, dentro de lo que el espacio permita. Sobre la decadencia de nuestro sistema y desde un punto de vista jurídico el constitucionalista Carlos de Cabo se aproximaba al tema hace ya algunos años en un librito muy recomendable, La crisis del Estado social. En su idea, referida a España, una Constitución que reconoce derechos como el acceso general a la cultura o a una vivienda digna y luego no los puede garantizar, no tiene más remedio que disfrazarlos de principios rectores, decir que el único compromiso público es intentar tender hacia esos objetivos y amparar la disculpa política de que el reparto del pastel no dé para más. El presupuesto de lo anterior, harto discutible por otra parte, es que el Estado es el garante del bienestar de los ciudadanos y de la cobertura de determinadas contingencias, cuando no pueden satisfacerlas por sí mismos. Pero ni ésa ha sido la única formulación del Estado en Europa, ni es el modelo de otros países de Occidente con tanta o mayor tradición democrática.
Estados Unidos es un ejemplo de la alternativa al modelo estatal europeo, y un dato reciente lo avala: el llamado “Santo de Omaha”, el multimillonario Warren Buffet, tomaba en junio pasado la decisión de donar gradualmente el 85% de sus acciones en Berkshire a diversas fundaciones, entre las que destacaba, por el monto y por la potencia del destinatario, la de su amigo personal desde hace 15 años, Bill Gates, al que ya había hecho consejero de su holding años atrás. El resultado final es que la Bill & Melinda Gates Foundation verá duplicados sus recursos, haciendo de la cifra total varias veces la suma de todas las iniciativas públicas de ese carácter en el mundo, y, por acercar las cifras a nuestro entorno inmediato, dos veces el Presupuesto de la Generalitat de Catalunya. La filantropía vuelve a estar de moda en USA, pero siempre ha estado en el modelo capitalista americano, que, pese a participar de ese individualismo posesivo de cuño anglosajón al que se refirió tan magistralmente C.B. Mcpherson, es también notable por la contaminación protestante de su filosofía económica, pues como analiza con agudeza Max Weber, la búsqueda de la riqueza y su obtención permite en un cierto modelo ético, sobre todo el calvinista, demostrar al mundo que el exitoso se encuentra entre los elegidos por Dios, y manifestación de la virtud del elegido es la caridad.
No sabemos qué fue primero, la responsabilidad social en el cuidado del desvalido, o la convicción estatal de que ése no es su principal problema, pero lo cierto es que en el sistema público americano es impensable un nivel de cobertura de ciertos servicios que aquí parecen irrenunciables incluso para el que nunca ha contribuido a generarlos. También USA ha tenido una deriva socializante similar a la europea, pues el paternalismo estatal se justifica en la necesidad de evitar crispaciones en el sistema, y esa necesidad es común a toda organización política. Pero Europa occidental, que sobre todo se ha visto vertebrada por el catolicismo, pasa sin solución de continuidad, de la Iglesia al Estado como benefactor de referencia, y construye la identidad del Estado paternal tanto a la izquierda como a la derecha del esquema ideológico. En cambio, como en Estados Unidos la beneficencia privada se concibe como una obligación moral, cuyo cumplimiento denota el nivel de virtud de quien se ha visto favorecido materialmente, el Estado se ve desde el interior exento de grandes responsabilidades, por más que aquí carguemos las tintas contra su modo de paliar desastres como el provocado por el Katrina.
Cuando las mínimas fórmulas estatales se revelan ineficientes o desorientadas en beneficiarios u objetivos, una poderosa oligarquía, que a veces también tiene rasgos aristocráticos en un país que carece de títulos nobiliarios, la filantropía recobra un papel preponderante. Gates no es el único filántropo, pero sí pionero en una modalidad según la cual luchar contra la pobreza, la enfermedad y el hambre sólo es posible con proyectos de enorme envergadura y alcance complejo. El expresidente de su país, Bill Clinton, se ha puesto también a la tarea, con menos recursos, pero con buenos contactos y una especial habilidad para conseguir descuentos de las grandes firmas farmacéuticas o para incentivar la acción gubernamental de los países menos desarrollados.
Con su actividad filantrópica, Buffet, Gates y Clinton encabezan el renacimiento de una idea, la del self made man, a la que no es ajeno el fortalecimiento del impuesto de sucesiones y la crítica soterrada a la herencia. Poco que ver con el sistema europeo actual, por supuesto. Pero de todo este movimiento de dinero con finalidades encomiables y en cantidades suficientes para garantizar una verdadera revolución en la lucha contra el sufrimiento del mundo, se desprende una pregunta: un solo hombre con tal riqueza funciona en la práctica como un Estado, con escasa capacidad de control por parte del resto. El barco navegante será valioso mientras las decisiones del capitán lo sean. Pero ¿y si no lo son?



