La lengua del imperio
Imprimir | EnviarEn la construcción de una nación la lengua no ha sido siempre factor imprescindible (múltiples naciones son hispanohablantes) y en ocasiones tampoco es suficiente (no pretende ser una nación cada una de las tribus africanas con una lengua propia), pero es evidente que en la voluntad de serlo tener una lengua que cohesione la identidad del grupo social se convierte con facilidad en elemento clave del “hecho diferencial” que justifica la reivindicación política. Así no es casual que en la reforma del Estatuto catalán el tratamiento de la lengua propia sea exhaustivo, y que se apoye la legitimación para hacerlo en unos derechos históricos que superan hacia atrás en el tiempo la Constitución de 1978 e incluso la Edad moderna. Aunque con toda probabilidad tal consideración no sobrevivirá en el texto.
La propuesta de reforma consagra un deber de conocimiento del catalán en paralelo al de conocimiento del castellano establecido en la Constitución, traducido en un derecho de opción lingüística de cualquier persona en Cataluña de poder expresarse y ser oída en catalán. En la enseñanza hay que distinguir entre la universitaria y el resto. En esta última la regulación destaca por el recurso constante a los conceptos jurídicos indeterminados: “uso normal” como lengua vehicular y de aprendizaje, “presencia adecuada” en los planes de estudio de castellano y catalán, pero lo que está claro es que no se contempla el derecho a recibir en castellano la enseñanza no universitaria, como sí en catalán. Se da así rango estatutario a lo que ya era legislación emanada del Parlamento de Cataluña sobre el tema, el sistema pedagógicamente conocido como de “inmersión lingüística” y que, consciente de la dificultad para su uso corriente en enormes ámbitos sociales y culturales del territorio, así como de la corrosión que produce la inmigraación, ha construido la enseñanza no universitaria obligatoria en catalán y tratado el castellano como lengua de estudio con un tipo de asiduidad parecida a la del inglés o el francés.
Cosa distinta sucede en la enseñanza universitaria, donde la “venia docendi” de los profesores no puede obligarles a dara las clases en catalán, aunque evidentemente si pueda ser tenido en cuenta desde el punto de vista fáctico para su contratación. Si a ello añadimos el modo en que desde la autonomía universitaria (de las Universidades públicas) se ha construido la obligatoriedad de que sea el catalán la lengua institucional y de relación “normal” tanto interna como externamente o la constante consulta a las Universidades privadas sobre el uso del catalán en sus ámbitos propios conforman una realidad institucional al margen de la vida..
Porque el recurso constante y creciente a la sanción por el no uso del catalán no es más que la constatación normativa del fracaso de la Ley de normalización lingüística de 1983, que pretendía obligar al uso generalizado de esa lengua en Cataluña, y sólo lo ha logrado en los ámbitos institucionales y políticos; de ahí el giro copernicano que supone la Ley de política lingüística de 1998, cuyo espíritu se incorpora al Estatuto ahora, y que pretende en cambio garantizar el derecho del catalonahablante a expresarse en su lengua propia. Sin embargo, la tozuda realidad ha planteado irónicos reveses a tal pretensión: los casi cinco mil estudiantes de Erasmus que llegan cada año a Cataluña y el creciente recurso a profesores de lengua inglesa, hacen que el problema en la Universidad catalana ya no sea la dicotomía castellano-catalán, sino la más arrasadora de la colonización exterior. En la enseñanza no universitaria, la obligación teórica (e inspeccionada) de impartir todas las clases en catalán ha sido en parte arrassada por la inmigración. Sé que a nadie le gustará oír esto, y que se maquilla la realidad desde los dos bandos enfrentados, pero quizá sea hora de dejarlo.




4 Diciembre 2008 | 21:55
Sería interesante saber cuanto dinero se gastan los políticos procatalanes y procastellanos en esta guerra de las lenguas. Seguro que la cifra no es despreciable, especialmente en los tiempos que corren. Pero para ambos es más una inversión de futuro que una simple guerra ideológica.
Al castellanodominante le preocupa que el catalanosometido haga de su lengua la lingua mater de la generación del futuro. La inmersión lingüística en el sistema educativo más elemental, en aquel en que tiene lugar la segunda socialización, lleva a toda una generación a conocer y utilizar de forma habitual el catalán. Hablamos del mismo catalán que siendo la lengua autóctona peligra precisamente por su poco y mal uso. También hay que recordar que su precario estado de salud viene dado, entre otras causas, por la política del generalísimo de diluir el hecho diferencial catalán a través de la “exportación de inmigrantes castellaoparlantes” en las dedadas delos 50, 60 y 70 y de la prohibición, persecución y represión del uso del catalán en la vida institcional y pública. La inmersión ligüística ahora, se pretende imponer a la nueva inmigración y con acierto, ya que han de concocer la realidad social del lugar donde son acogidos.
En cambio, a la hora de la verdad el catalán ha conquistado las aulas y el castellano los patios de recreo. Les estudiantes en Cataluña acaban los estudios con un mejor conocimiento del castellano que del catalán, a pesar de las demagogías que llegan desde la meseta. Se ha recuperado su uso público (y más el institucional) pero el objetivo aborígen aún queda lejos de ser alcanzado.
¿Es lícita la defensa del catalán en Catalunya? SÍ. ¿Debería ser defendido por España? También. Sin embargo se pelean para perfilar la sociedad de aquí en un futuro más próximo de lo que nos parece.
Me agradaría que desde Madrid no persiguieran tanto el catalán, que desde Barcelona trabajasen por el catalán sin las recetas que antaño perjudicaron, ya que prohibir y sancionar no ayuda a tener una buena imagen ni dentro ni fuera. Aún más me gustaría que mi hija, cuando empiece a estudiar, lo haga también en inglés, francés o alemán, y acabe los estudios domiando al menos tres idiomas. Yo estudié 7 años inglés en la educación pública y no aprendí casi nada. Algo falla.